Día Mundial en Recuerdo a las Víctimas por Accidente de Tráfico

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Foto: pixabay.com

Desde que en la asamblea general de naciones se aprobó la resolución 60/5 la comunidad internacional reconoce el tercer domingo de noviembre de cada año como el Día Mundial en Recuerdo a las Víctimas de Accidentes de Tráfico.

Desde Cruz Roja, hemos querido sumar nuestra solidaridad a esta iniciativa que año tras año se viene celebrando, dedicándole un espacio en nuestro blog, donde, desde una perspectiva psicológica, se dará protagonismo al dolor que sufren las víctimas de estos sucesos accidentales y, al mismo tiempo, se expondrán una serie de pautas de higiene y autocuidado que pretendan ayudar a conducir esta experiencia traumática de manera saludable. No obstante, dediquemos unas pocas líneas a ubicar este fenómeno.

Se estima, que, al año, los accidentes de tráfico acaban con alrededor de 1,25 millones de personas, y de entre todas ellas, casi la mitad son jóvenes de edades comprendidas entre los 15 y 29 años. Si reparamos al dato y profundizamos un poquito, en seguida nos daremos cuenta de que los accidentes de tráfico ocasionan un número significativo de pérdidas humanas, pero hay algo más; y es que parecen invisibles a la vista, pero a cuenta de estos accidentes, posiblemente el doble de las cantidades apuntadas, se vean victimizadas. Me refiero a las madres, padres, abuelas, abuelos, hermanos, hermanas, en definitiva, todas aquellas personas, cuyos seres queridos les son arrebatados en un accidente de tráfico. ¿Qué ocurre con estas personas? ¿Pasan todas ellas por el mismo proceso de duelo? ¿A caso se les ofrece siempre la asistencia que realmente necesitan? Estas preguntas, entre otras, son fundamentales para comprender bien lo que supone ser víctima de cualquier circunstancia accidental y ajena a nuestro control.

Para entender mejor todo esto, os propongo un ejercicio imaginativo. Pensemos por un momento en X. X es una madre de 46 años que acaba de perder a su hijo, Y, de 27, en un accidente de tráfico. X pasa su mañana tranquilamente trabajando hasta que de pronto recibe una llamada y le comunican la noticia. Al instante de enterarse, se pone muy nerviosa y lo niega todo, piensa que de lo único que es víctima, es de que le tomen el pelo, y en consecuencia se niega completamente a creer lo que le están diciendo. Poco a poco, comienza a ser consciente de la realidad, y una masa convulsa de sentimientos y emociones empieza a crecer en su interior. Conducida por el asistente telefónico que le está comunicando la noticia, toma papel y boli y empieza a anotar una dirección a la que debe dirigirse. X, paulatinamente, comienza a sufrir todo una “marejada” emocional. Cada vez está más cerca de enfrentar, cara a cara, la terrible noticia, y una vez lo haga, todavía tendrá un largo proceso que recorrer.

Desde una perspectiva psicológica, a todo este proceso por el que X está pasando se le denominará trauma psicológico. Pero, ¿qué es un trauma? Pues nada más que un fuerte impacto o golpe que puede ocasionar una herida profunda, bien física, o bien psicológica.

 

Foto: pixabay.com

 

 

En el contexto en que nos encontramos, trauma sería todo aquel suceso amenazante que pone en riesgo nuestro bienestar, o también, la consecuencia que este evento tiene en nuestra estructura mental. Es decir, los cambios que se producen en nuestra mente tras pasar a través de un suceso de estas características. El trauma, al igual que otros conceptos en psicología, tiene toda una serie de características e implicaciones asociadas: elementos definitorios, fases, cuadros sintomatológicos, etc. Por ofrecer alguna noción introductoria, vamos a reparar brevemente en su sintomatología. De esta manera, lo más recomendable sería agrupar todos estos síntomas en dos categorías según la fuente de la que se proceden.

Por un lado, sintomatología psicológica o emocional; aquí encontraríamos síntomas como: el estado de shock o parálisis mental aparente; incredulidad ante lo sucedido; irritabilidad o cambios de humor repentinos; negación frontal sobre lo ocurrido; ira, rabia desbocada por la injusticia que se ha cometido; sentimientos de culpa y vergüenza, nos achacamos el no haber hecho algo más que evitase el accidente; sentimientos de aflicción, nos sentimos dolidos, heridos, vulnerables; confusión, no entendemos qué ha ocurrido ni por qué ha ocurrido; ansiedad, o dicho de otro modo, ese estrés negativo que nos devora desde dentro, generándonos malestar; y por último, aislamiento, tendemos a evitar el contacto con otras personas, buscamos soledad para velar nuestra pérdida y terminamos por separarnos de aquellos que buscan cuidar de nosotros.

Por otro lado, también existe una sintomatología física o fisiológica: Dolores de cabeza o jaquecas; mareos frecuentes; insomnio, fruto de una intensa producción mental; pesadillas que nos torturan y agotan; hipervigilancia, o estado de atención sostenida y sin descanso que nos desgasta; nerviosismo, inquietud nerviosa que impide que nos relajemos; fatiga, cansancio físico, nos sentimos extenuados; desconcentración, o problemas de tipo cognitivo como olvidos, atención dispersa, problemas para concentrarse, etc.

Todos estos síntomas son posibles dentro de un cuadro traumático. Sin embargo, no siempre se dan todos al mismo tiempo, ya que dependen del individuo y de las estrategias, o maneras que tiene este de enfrentarse al trauma. Por lo que, desde aquí recomendamos no generalizarlos a la ligera. A fin de cuentas, esta lista, tan solo pretende mostrar un esbozo concreto de las características internas del trauma y ponerlo a disposición del lector. Pero sigamos adelante con el artículo. Hace un momento os presentaba las características del cuadro sintomatológico del trauma, pero ¿qué podemos hacer si de pronto reconocemos alguno de estos síntomas en nosotros?

Tranquilo todo el mundo, la psicología no sólo se contenta con ofrecernos una lista de consecuencias, de efectos perjudiciales, no. Además, también nos ofrece recursos, tratamientos mediante los cuales combatir estos síntomas, una vez el trauma se ha vuelto estable y, al mismo tiempo, nos sugiere una serie de pautas de higiene psicológica que nos ayudarán a elaborar el proceso de duelo de manera adecuada, evitando así, en lo posible, la traumatización.

Durante la vivencia de un suceso traumático es común desatender nuestro autocuidado en algún sentido, por ello, ser consciente de una serie de pautas o pistas básicas podría ayudarnos a sobrellevar mejor el proceso de duelo. Algunas de estas pautas son:

  • En primer lugar, comprender que todo lo que nos ocurre, sentimos y pensamos, es producto de una reacción normal respuesta a un accidente antinatural.
  • Conectar con la realidad. Vivir en el presente y dejar la vivencia traumática en el pasado. Con esto no pretendo decir que le quitemos importancia a nuestro dolor. Nada que ver. Tan sólo que incorporemos una tendencia actualizante que, de manera natural, permita que soltemos la carga emocional excesiva.
  • Es muy importante mantener una buena higiene del sueño. Dormir, supone para nuestro organismo una actividad reparadora que ayuda a recuperar energía y a descansar nuestra cabeza de pensamientos repetitivos e insidiosos para nuestra salud.
  • De igual manera, debemos de mantenernos bien alimentados e hidratados. La tristeza, el dolor, nos consume muchísima energía, y actividades como seguir una dieta equilibrada, mantenernos hidratados, descansar, nos ayudan a reponer esa falta de energía
  • Relacionarse con otras personas, dejar que nos hagan llegar su cariño y apoyo, compartir con ellas nuestro dolor, todo ello nos servirá para beneficiarnos del arrope que nos proporcionen y, al mismo tiempo, nos ayudará a distraernos de nuestros pensamientos.
  • Cultivar nuestras aficiones, mantener viva la curiosidad, realizar actividades de ocio que interrumpan el ciclo insidioso del pensamiento, son en sí mismo medidas terapéuticas a nuestro alcance.
  • Rodearnos de nuestros seres queridos. Apoyar y dejarnos apoyar por aquellos que más cerca tenemos.
  • Por último, cuidarnos. Mimarnos nosotros también. No olvidarnos de nuestra vida, de las cosas importantes para nosotros, antes y después del accidente, y en la medida de lo posible, tener consideración para con nosotros mismos.

En caso de que incluso después de que hayamos implementado estas pautas de autocuidado los síntomas anteriormente descritos persistan, lo recomendable sería visitar a un especialista psicoterapeuta y comenzar un tratamiento en psicoterapia. El psicoterapeuta podrá ayudarnos a estructurar pensamientos y sentimientos alcanzando el corazón o foco principal del trauma, y desde ahí, dotarnos de las herramientas necesarias para enfrentarlo.

Hasta aquí el artículo presente en memoria de las víctimas de los accidentes de tráfico. Desde el equipo del ERIE psicosocial de Cruz Roja, esperamos que haya sido de vuestro interés y que por lo menos nos ayude a todos a reflexionar sobre el dolor de las víctimas “invisibles” que los accidentes de tráfico ocasionan a discreción.

 

Foto: pixabay.com

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